La mayoría de las personas imagina que una enfermedad importante “se nota”. Que duele, que avisa, que da señales claras.
La hipertensión arterial rompe por completo con esa idea.
En la gran mayoría de los casos, no causa síntomas evidentes. No duele. No molesta. No interfiere de forma inmediata con la vida diaria. Y precisamente por eso, puede avanzar durante años sin ser detectada, causando daño silencioso en órganos vitales como el corazón, el cerebro, los riñones y los vasos sanguíneos.